miércoles, 30 de mayo de 2018

Mi mejor versión

Podría superar mis miedos. Podría afrontar la vida racionalmente y no ser tan cinéfila. Podría ser una estudiante de matrícula, acumular másteres y títulos universitarios. Podría ser una hija ejemplar, y contestar el móvil a mi madre a la primera llamada. Podría comer sano, dormir un mínimo de ocho horas diarias y salir a correr por las mañanas. Podría ser más sociable, más extrovertida, más segura de mí misma. Podría ser menos irascible, menos susceptible, menos loca. Podría amueblar mi cabeza y matar de un tiro a los pájaros que no me dejan pensar con los pies en la tierra. Podría ser normal. Podría ser una novia predilecta que no se enfada por nada, una amiga leal, una persona constante y responsable. Podría sacarme el carnet y no depender de autobuses ni de chóferes antipáticos. Podría desmaquillarme todos los días y no sobarme con rímel en las pestañas. Podría tener más iniciativa, mejorar y hacer más cosas productivas, y por hacer no hago ni la cama. Podría ser menos sensible y no llorar de alegría cada vez que algo haga emocionarme.
Pero, como diría Leiva: No busques mi mejor versión, se la ha llevado el aire. ¿Y sabes qué? Que no me arrepiento de lo que soy. No me arrepiento de mi imperfección, de mi caos, de ser un error con patas y una maraña de defectos que no escarmienta nunca.
Claro que podría afrontar la vida racionalmente, pero sólo he necesitado veinte años para darme cuenta de que la realidad del mundo exterior es tan cruda y tan aburrida, que si no viviera mi propia película, dejaría de estar viva para caer en ese limbo gris al que nos dirigen desde pequeños, al de existir como un triste e inerte autómata que imita todo lo que ve, sin sueños.
También podría ser una universitaria estrella, pero me da a mí que voy a seguir estudiando el día de antes del examen, y "perder" el tiempo en lo que me gusta y no invertirlo en un sistema educativo de mierda. Porque no dependo de profesores para aprender, sino de libros, canciones y brujas.
Y no soy una hija de ejemplar. Porque tengo siempre el móvil en silencio, repleto de llamadas perdidas de mamá. Pero es que no hay nadie que esté más perdido que yo. Y lo único que me salva es salir de atardeceres, y comer sin contar calorías, y el chocolate. Y que bendito el que tenga la conciencia tan tranquila y una vida tan estable como para dormirse a las once de la noche sin darle vueltas al coco, porque yo me rallo más que una cebra, y soy más insomne, más trasnochadora, o como quieras llamarlo.
Me quedo con quien soy y no con quien la sociedad quiere que sea. Me da pereza ser perfecta, y sí, la cama la prefiero deshecha.

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